El término lo acuñó Alfons Cornella en 1996, combinando las palabras información e intoxicación. Lo empleó para definir la sobrecarga de información que podemos llegar a sufrir como usuarios de Internet. Este exceso es el extremo opuesto a la carencia, pero produce el mismo efecto: El desconocimiento, la desinformación. De manera casi inmediata podemos sugerir que la solución a este desbalance es encontrar el punto medio, el equilibrio. Para ello muchos investigadores están abordando este tema en busca de soluciones que permitan gestionar eficientemente la información que circula en la red y es el motivo principal de este curso.
Tras leer el material que nos han dado sobre la Infoxicación, he dejado que mi mente de liberación lenta reflexione sobre el tema y después de dos días de actividad neuronal, se me ha ocurrido empezar este artículo con un símil narrativo. Sin más preámbulo, aquí lo tienen.
Tras leer el material que nos han dado sobre la Infoxicación, he dejado que mi mente de liberación lenta reflexione sobre el tema y después de dos días de actividad neuronal, se me ha ocurrido empezar este artículo con un símil narrativo. Sin más preámbulo, aquí lo tienen.
El Puzzle Infinito
Por Héctor Pastor Pacheco Losada
Por Héctor Pastor Pacheco Losada
El niño, alegre y expectante, miraba con ojos muy abiertos el edificio al que se disponía entrar. Se trataba de una enorme esfera hecha de un centenar de nervios de aluminio a los que se les acoplaban paneles de plástico blanco mate a modo de cerramiento. Una amplia abertura con forma de parábola definía la entrada al recinto y estaba precedida por una escalera de peldaños generosos que se abrían en abanico.
Tras poner un pie en el primer peldaño, el niño no se detuvo hasta quedar frente a la imponente entrada. Era un vano carente de puerta y por encima de su punto más alto habían unas letras metálicas, brillantes a causa de un haz de luz procedente de unos focos ocultos y perfectamente acabadas, que conformaban una sola palabra:
"BIENVENIDO"
La sonrisa no había desaparecido de su rostro, sin embargo un temor instintivo le produjo un vacío en el estómago. A pesar de la gran dimensión de la entrada y de no poseer puertas, era imposible ver el interior. Un negror cerrado lo impedía, como si de la entrada a una caverna se tratase.
Finalmente la curiosidad venció al miedo y el niño se adentró en las tinieblas. Antes de que pudiera arrepentirse de su temeridad y salir corriendo de ahí, la oscuridad comenzó a retirarse casi de inmediato y de forma paulatina, dejando ver progresivamente el interior de aquel pabellón. Se trataba de un espacio diáfano, sin más mobiliario que una mesa de plástico, amplia y blanca como la nieve y una silla de igual color y material, colocadas en el centro. El distante techo curvo finalizaba en un vitral multicolor: un rosetón iridiscente que arrojaba una luz que bañaba de múltiples colores las partículas de polvo que flotaban perezosas e indiferentes.
El niño se había quedado inmóvil, sólo su cabeza y sus ojos se movían, intentando abarcarlo todo con la mirada, hasta que algo que colgaba no muy lejos del austero mobiliario, llamó su atención. Se trataba de un reloj, una pieza de gran tamaño y con un diseño que contrastaba con la simplicidad y modernidad de aquel lugar, parecía un objeto traído de otro tiempo, sus trabajadas agujas de hierro negro daban la sensación de haber marcado las horas de una época muy remota. Sólo una suave voz de mujer, que pareció salir de todas partes, sacó al niño de su concentrada contemplación.
"Por favor, ve y siéntate a la mesa"
Con obediencia y entusiasmo renovado, el niño fue y se sentó. Al momento, una mujer a la que no había oído aproximarse se colocó a su lado.
-Aquí tienes - le dijo con una perfecta sonrisa en su rostro de porcelana y colocando una caja en la mesa - A esto es a lo que has venido ¿no?
El niño miró la caja, luego volvió a mirar a la mujer y con una amplia sonrisa asintió enérgicamente.
-Muy bien, tienes una hora para terminarlo, recuerda que no debe quedar ni una sola pieza por ensamblar.
-¡Vale!- respondió tras lanzar una mirada al fascinante reloj.
Sin mencionar nada más, la mujer se retiró. Frotándose las manos, el niño abrió la caja con rápidos y hábiles movimientos y vació su contenido. Sobre la blanca superficie de la mesa se esparcieron las cien piezas de un puzzle. Eran piezas grandes que mostraban fragmentos de un dibujo sencillo, de colores primarios.
-Esto es pan comido - Dijo en voz alta.
De inmediato se puso a clasificar las piezas, separándolas y comenzando a ensamblar muchas de ellas. Miró el reloj: sólo habían pasado cinco minutos.
Cuando ya se intuía el contenido del puzzle, la mujer apareció de nuevo.
-¡Vas muy bien! - exclamó - Tienes tiempo de sobra para empezar otro... ¿Te atreves?
La naturaleza competitiva del niño y la belleza casi irreal de la mujer le hicieron aceptar de inmediato y con la misma velocidad de su respuesta, la mujer vació el contenido de otro puzzle sobre el primero. El niño rió confiado, la seguridad que sentía le impedía preocuparse porque las piezas se mezclaran.
Haciendo trabajar sus dedos y su mente con mayor velocidad, comenzó a separar las piezas del nuevo puzzle, era una labor bastante fácil puesto que las nuevas piezas, aunque más numerosas, eran más pequeñas que las primeras, sin embargo la excitación y una insipiente ansiedad se habían instalado en el muchacho. Trabajaba con ligereza y la definición de los dos puzzle avanzaba casi de manera simultánea. Miró el reloj: habían transcurrido quince minutos.
Una sensación de triunfo lo invadió, tenía más del 70% de los dos puzzle hechos. Sintiéndose sobrado de tiempo, echó hacia atrás el cuerpo y estiró los brazos, entonces casi se cae de la silla por el sobresalto que recibió cuando vio a la mujer otra vez a su lado, sosteniendo una caja más grande que las dos anteriores.
-Eres extraordinariamente hábil. - le halagó - ¿Te atreverías con una caja de quinientas piezas?
Esta vez el niño no contestó, en lugar de eso miró el reloj. Quedaban cuarenta minutos.
-No lo se... - respondió - No he terminado aún estos dos... y el tiempo se acaba.
-Por eso no te preocupes, lo estás haciendo tan bien que te he dado un bono de treinta minutos más.
La sonrisa volvió al rostro del niño.
-Vale... pero no lo...
Antes de poder terminar la frase, la mujer ya había vaciado el contenido de la caja sobre los dos puzzles parcialmente armados.
-Es parte del juego. - Explicó, quizás a modo de disculpa.
-Vale... - Respondió el niño sin mucho entusiasmo.
Pero la mujer ya había desaparecido nuevamente.
Las quinientas piezas del nuevo puzzle eran de diferentes tamaños y a medida que ordenaba y armaba, el niño se daba cuenta que el tercer motivo estaba relacionado con los otros dos, de hecho era la unión de las dos composiciones.
Pero había algo extraño, algo que no cuadraba.
Le llevó la mitad del tiempo que le quedaba darse cuenta que habían piezas que no cuadraban, que no encajaban ni por su forma de ensamblarse, ni por su textura y ni por las figuras que sugerían.
A la ansiedad creciente se le unió la indignación.
-¡Este puzzle está mezclado!
-Es parte del juego.
El niño ahogó un grito, pero su enfado pudo más que el susto y encaró a la reaparecida mujer.
-¡Pero así no puedo terminarlo y ya no me queda casi tiempo!
-Puedes dejarlo e irte o puedes quedarte... Sí te quedas,, contarás con más tiempo.
El niño sopesó su respuesta.
-¿Cuanto tiempo me vas a dar?
-Dos horas.
A pesar de la sorpresa que se manifestó en su rostro, volvió a quedar en silencio.
-Pero aunque tenga dos horas,- dijo al cabo de un rato - el puzzle está mezclado... y puede que incompleto, así que igual no lo terminaría.
-Eso sólo podrás saberlo sí continúas... y sí lo haces, recibirás una ayuda extra.
-¿Qué ayuda?
-Acepta y te la daré.
El niño miró a la mujer con el ceño fruncido, ya no le parecía tan hermosa.
-Esta bien, acepto... ¿Cual es la ayuda?
-Esta.
En las manos de la mujer aparecieron dos grandes cajas de cinco mil piezas cada una. Ante la estupefacción del niño, vació el contenido de estas sobre la mesa, muchas de ellas terminaron en el suelo.
-Ahora puedes estar seguro de que al menos tres puzzles estarán completos.
Ya no había enfado, ni asombro. Ahora eran las frías manos del miedo las que se posaban sobre él.
-Ya no quiero seguir jugando. - Dijo con un hilo de voz.
Intentó ponerse de pie, pero una fuerza invisible, formidable, lo mantuvo sentado. La mujer había desaparecido nuevamente, pero su voz retumbó en el vasto salón.
"Has aceptado, no puedes irte hasta que acabes de armar todos los puzzles y como ya sabes que están incompletos te traeré más y más cajas... pero no te preocupes por el tiempo... tienes toda tu vida para hacerlos."
-Esto es pan comido - Dijo en voz alta.
De inmediato se puso a clasificar las piezas, separándolas y comenzando a ensamblar muchas de ellas. Miró el reloj: sólo habían pasado cinco minutos.
Cuando ya se intuía el contenido del puzzle, la mujer apareció de nuevo.
-¡Vas muy bien! - exclamó - Tienes tiempo de sobra para empezar otro... ¿Te atreves?
La naturaleza competitiva del niño y la belleza casi irreal de la mujer le hicieron aceptar de inmediato y con la misma velocidad de su respuesta, la mujer vació el contenido de otro puzzle sobre el primero. El niño rió confiado, la seguridad que sentía le impedía preocuparse porque las piezas se mezclaran.
Haciendo trabajar sus dedos y su mente con mayor velocidad, comenzó a separar las piezas del nuevo puzzle, era una labor bastante fácil puesto que las nuevas piezas, aunque más numerosas, eran más pequeñas que las primeras, sin embargo la excitación y una insipiente ansiedad se habían instalado en el muchacho. Trabajaba con ligereza y la definición de los dos puzzle avanzaba casi de manera simultánea. Miró el reloj: habían transcurrido quince minutos.
Una sensación de triunfo lo invadió, tenía más del 70% de los dos puzzle hechos. Sintiéndose sobrado de tiempo, echó hacia atrás el cuerpo y estiró los brazos, entonces casi se cae de la silla por el sobresalto que recibió cuando vio a la mujer otra vez a su lado, sosteniendo una caja más grande que las dos anteriores.
-Eres extraordinariamente hábil. - le halagó - ¿Te atreverías con una caja de quinientas piezas?
Esta vez el niño no contestó, en lugar de eso miró el reloj. Quedaban cuarenta minutos.
-No lo se... - respondió - No he terminado aún estos dos... y el tiempo se acaba.
-Por eso no te preocupes, lo estás haciendo tan bien que te he dado un bono de treinta minutos más.
La sonrisa volvió al rostro del niño.
-Vale... pero no lo...
Antes de poder terminar la frase, la mujer ya había vaciado el contenido de la caja sobre los dos puzzles parcialmente armados.
-Es parte del juego. - Explicó, quizás a modo de disculpa.
-Vale... - Respondió el niño sin mucho entusiasmo.
Pero la mujer ya había desaparecido nuevamente.
Las quinientas piezas del nuevo puzzle eran de diferentes tamaños y a medida que ordenaba y armaba, el niño se daba cuenta que el tercer motivo estaba relacionado con los otros dos, de hecho era la unión de las dos composiciones.
Pero había algo extraño, algo que no cuadraba.
Le llevó la mitad del tiempo que le quedaba darse cuenta que habían piezas que no cuadraban, que no encajaban ni por su forma de ensamblarse, ni por su textura y ni por las figuras que sugerían.
A la ansiedad creciente se le unió la indignación.
-¡Este puzzle está mezclado!
-Es parte del juego.
El niño ahogó un grito, pero su enfado pudo más que el susto y encaró a la reaparecida mujer.
-¡Pero así no puedo terminarlo y ya no me queda casi tiempo!
-Puedes dejarlo e irte o puedes quedarte... Sí te quedas,, contarás con más tiempo.
El niño sopesó su respuesta.
-¿Cuanto tiempo me vas a dar?
-Dos horas.
A pesar de la sorpresa que se manifestó en su rostro, volvió a quedar en silencio.
-Pero aunque tenga dos horas,- dijo al cabo de un rato - el puzzle está mezclado... y puede que incompleto, así que igual no lo terminaría.
-Eso sólo podrás saberlo sí continúas... y sí lo haces, recibirás una ayuda extra.
-¿Qué ayuda?
-Acepta y te la daré.
El niño miró a la mujer con el ceño fruncido, ya no le parecía tan hermosa.
-Esta bien, acepto... ¿Cual es la ayuda?
-Esta.
En las manos de la mujer aparecieron dos grandes cajas de cinco mil piezas cada una. Ante la estupefacción del niño, vació el contenido de estas sobre la mesa, muchas de ellas terminaron en el suelo.
-Ahora puedes estar seguro de que al menos tres puzzles estarán completos.
Ya no había enfado, ni asombro. Ahora eran las frías manos del miedo las que se posaban sobre él.
-Ya no quiero seguir jugando. - Dijo con un hilo de voz.
Intentó ponerse de pie, pero una fuerza invisible, formidable, lo mantuvo sentado. La mujer había desaparecido nuevamente, pero su voz retumbó en el vasto salón.
"Has aceptado, no puedes irte hasta que acabes de armar todos los puzzles y como ya sabes que están incompletos te traeré más y más cajas... pero no te preocupes por el tiempo... tienes toda tu vida para hacerlos."
Fin.
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